Porqué Ateo (fragmentos de una carta a mi familia)



Provengo de una familia católica no practicante. En realidad mi madre creía en Dios o en Jesucristo más por tradición inculcada en la familia que por una verdadera práctica de la fe católica. Mi padre, del que tengo una escasa memoria en mi niñez a este respecto, tenía una actitud un poco más distante e inactiva con respecto a la religión.
De mi padre – a decir verdad-, recuerdo más su esfuerzo por acercarme a los libros; en aquél entonces la biblioteca familiar, adquirida por él únicamente, no rebasaba los 120 ejemplares, pero recuerdo entre ellos las enciclopedias Bruguera, tan famosas en circulación por aquellos años –los setentas-, y una pequeña pero fructífera colección de Libros –no recuerdo el nombre ahora- de portada roja acerca de la extensa variedad del reino animal, desde los dinosaurios hasta lo conocido por la ciencia en aquél entonces. Entre todos aquellos libros hubo algunos que se convirtieron en verdaderos tesoros para mí, pues incluía algunos tomos de literatura universal. Recuerdo sobre todo la Ilíada y la Eneida, y la colección de la comedia humana de Honoré de Balzac.
Vaya que esos libros iluminaron mi vida. Mi amor por la literatura nació entonces, cuando aún no cumplía los diez años de edad, y me ha acompañado el resto de mi vida hasta hoy.
De hecho el superhéroe más grande para mí hasta hoy, lejos de los de cualquier niño promedio entonces, Batman, Superman etc, proviene de mi lectura ferviente de la Ilíada; en mi bulliciosa imaginación infantil vivía como algo real el sitio de Troya y las espectaculares batallas de hombres y dioses, entre las que sobresalía como ya mencioné antes, mi superhéroe por antonomasia: Aquiles, el valeroso hijo de Peleo y de Tetis. Hablo de esto porque, entre todos estos libros, había uno, diferente, sin ilustraciones en la portada, la cual era oscura, y que también leí como parte de todo aquello que me llamaba la atención: Los libros.
Sí, estaba ahí entre todos aquellos libros una antigua edición de la Biblia de Casiodoro de Reina, que mi madre rechazaba por la simple razón, dicho en palabras de ella: ‘porque era una Biblia protestante’. Y en verdad aquél libro era diferente, incluso a la otra edición de la Biblia latinoamericana que mi madre guardaba en el clóset con un rosario atravesando una página donde a su vez estaba una imagen a modo de poster central de la virgen de Guadalupe, a quién mi madre veneraba también.
Aquella extraña antipatía de mi madre por aquella versión de la Biblia fue suficiente para despertar mucho más mi inquietud por ella, y se convirtió en uno de mis libros de cabecera. Debo admitir que la leí con la ingenuidad esperada de un niño que apenas vislumbraba los cambios de la adolescencia, y que en verdad hay pasajes en ella que me parecieron – y me siguen pareciendo, buenas historias-. Una de ellas, sin duda, ocurre en el libro del Éxodo capítulo 12 12:29, 12:31, correspondiente al cautiverio del pueblo de Israel, y las plagas; aquellos versículos en que se narra la ira de Yavhé cuando hirió de muerte a los primogénitos de Egipto, me han causado una especie de conmoción desde la primera vez que los leí. No sé explicar por qué. Hay otros libros que leía interesadamente por entonces, como los Proverbios, los Salmos, Isaías, Ester, Job y otros; pero recuerdo que los primeros libros me causaban mucho más conflicto. Hablo principalmente del Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
No podía leer tales libros sin que se agitara en mí un profundo sentimiento de rechazo y extrañeza.
El libro del Génesis tenía para mí, pasajes tan incomprensibles como extraños; aún cuando mi entendimiento en cualquier clase de filosofía o doctrina religiosa en esos años era ínfima, esas historias de la creación del universo, el primer hombre y la primera mujer, así como su inicio en el infortunio y sus desgraciadas peripecias por el recién inaugurado mundo, no hacían otra cosa sino aumentar mi simpatía por tan singular pareja y mi total desagrado y aversión hacia aquella figura magnánima y colérica que había hecho de ellos unos simples títeres con los cuales jugar.
Es imposible conciliar en la mente algo tan abrumador, como es el hecho de que un Ente-Creador que es todo benevolencia y amor, puede en tan sólo unas pocas páginas –siete capítulos para ser exactos-, arrepentirse de haber creado lo que él mismo afirma es el pináculo y la obra máxima de su creación.
En siete capítulos decide borrar del mundo a unos seres tan imperfectos como él mismo lo es. Puesto que son imagen y semejanza suya.
¿Hay barbarismo más increíble y semejante en cualquier historia del origen del hombre? claro que sí. Al menos en las historias de la creación del hombre de cualquiera de las mayores culturas de la antigüedad. Existe el gran diluvio en la epopeya de Gilgamesh, en los aztecas y en los griegos en el Deucalión.
Sentí lo mismo en cada uno de los subsiguientes libros, sólo episodios y episodios en donde un pueblo guerrero, confiado en sí mismo, estaba dispuesto a abrirse camino en una tierra llena de tribus salvajes. Y para aquella empresa tan enorme necesitaban un aliento y una fuerza.
¿Cómo y de dónde? Como todas las antiguas culturas a lo largo de los tiempos, ‘crearon’ su propia deidad temible y combativa, El Dios Guerrero: Yavhé de los ejércitos. Entonces, temprano en mi juventud pude darme cuenta de lo que en verdad encerraba aquel libro: Solo literatura, y no siempre buena. ahora veo en ella el compendio de la historia de un pueblo de la edad de bronce. Buena o mala literatura eso es otra cuestión.
Pero al fin y al cabo literatura. Aquellas historias de ese dios colérico y vengativo, celoso y castigador, me fascinaban porque encontraba en ellas los mismos elementos que encontraba en la mitología griega; eran los mismos atributos que poseían Zeus y Apolo, Saturno y Hades. Así que me alejé un tiempo de aquellos pasajes e historias y no terminaron por afectarme ya más.
Aún así, queda algo en nosotros acerca de lo que nos inculcan y adoctrinan desde niños.
La muerte es algo que siempre nos estremece y nos hace preguntarnos tantas cosas acerca de nuestro propio destino y el de los seres que amamos. Entonces, ante el miedo por lo inexplicable, brota esa semilla de religiosidad que plantaron en nosotros tan pequeños. 
¿Existe en verdad la vida después de la muerte? ¿Existe un más allá, el cielo o el paraíso? ¿Existe Dios?
La muerte de mi abuela materna me sacudió un poco de tal manera.
Quizá la religiosidad de mi madre ante tal hecho me hizo acercarme en esa etapa de mi vida al agnosticismo. Inseguro de la existencia de algo, mantenía en mi mente la idea de algo inefable y misterioso allá afuera, en la inmensidad del espacio. Si bien es cierto que me mantuve en esa tendencia de pensamiento un buen tiempo, siempre hubo para mí la necesidad del cuestionamiento. La llegada de mis hijos y el suceso de su nacimiento es una experiencia tan increíble, que uno no puede sino entender un poco el asombro de los creyentes ante tal suceso y el porque lo llaman ‘milagro’.
Los sucesos que pasaron en los años siguientes desde la muerte de mi madre, me hicieron empezar a alejarme de forma más tajante hacia el ateísmo. las circunstancias en las que se dio la muerte de mi hermana, cortaron el hilo tenue de la religión en mí para siempre.
Reconozco que no es la circunstancia ideal para que ello se diera. Pero no voy a mentir aquí sobre ello. Podría decir que se dio como consecuencia del desarrollo de tales pensamientos a través del uso de la razón y de mi educación. Pero en mi caso no es así, no termine el bachillerato y lo poco que sé sobre tan pocas cosas lo he conseguido a base de ser autodidacta, y el amor a los libros, el conocimiento, y a esa pequeña semilla que –quizá sin desearlo él- mi padre plantó en mí: el asombro ante la ciencia y el universo. 
Así que ahora, años después, cuando me encuentro por decirlo así, a la mitad de mi vida, me encuentro ante la disyuntiva de la educación de mis hijos. Hernán, mi hijo mayor, debió atravesar ya como yo, por esa ‘costumbre’ católica de la comunión. Uno de los incomprensibles siete sacramentos, de los cuáles los primeros – los más importantes podría decirse- suceden sospechosamente, al menos en la sociedad en la que vivo, antes de que el individuo cumpla la mayoría de edad legal. Edad en la que se supone que el resto de las leyes de la sociedad empiezan a aplicar en todos los individuos que la componen.
¿Por qué esa urgencia de la iglesia por ‘iniciar’ a los creyentes a una edad tan temprana? ¿Por qué hacerlo a una edad en la que son completamente dependientes tanto física como mentalmente de los adultos, en este caso sus padres? Resulta bastante obvia esa frase de 'dame un niño de hasta siete años y te entregaré un hombre' atribuida a cierta secta religiosa.
Tales decisiones deben esperar a ser consideradas cuando, en este caso el infante, pueda tomarlas por decisión propia, cuando haya obtenido la madurez necesaria y se haya formado integralmente como un individuo completamente funcional dentro de la sociedad a la que pertenece.
De otra forma es simplemente un atentado, por parte de nosotros los padres, tutores o sociedad, a sus derechos más básicos como ser humano libre e independiente. 
Espero algún día, poder conciliar con mi esposa con respecto a esto. Y que ella logre ver en base a un buen entendimiento lo que me gustaría pretender con respecto a inculcarle a nuestros hijos ideas que pertenecen a una etapa en la que la humanidad necesitaba de respuestas, y si no las obtenía entonces las creaba. Inventándose así dioses y seres que dieran respuesta a su pobre entendimiento de la naturaleza que lo rodeaba.
Espero logre entender que se puede vivir una vida honrosa y sencilla mediante las ideas de un humanismo secular, alejado de la idea de dios alguno, que en realidad lo único que ha hecho a lo largo de siglos y siglos en la historia humana, es dividir y provocar conflictos que sólo han causado muerte, destrucción y atraso a nuestra especie, en el nombre de unos seres imaginarios que es tan seguro que no existen, como seguro es que el planeta gira alrededor del sol y no viceversa. 
Como padre, yo deseo que mis hijos sean lo mejor que un ser humano pueda o deba ser. Así como creo que aspiramos juntos, mi esposa y yo, a que no sean unos mentirosos, ladrones o drogadictos, así deseo que no sean ni religiosos ni soldados. 
La ética no tiene nada que ver con la religión. Quien actúa bien porque le prometieron el cielo es hipócrita, esta actuando de forma egoísta. 
¿Que la religión nos enseña valores morales? Es cierto; pero tales valores existen en nosotros sin la necesidad de la religión, o de un Dios que premia o castiga. Estos valores existen desde antes del cristianismo, el islam o cualquier otra creencia.
Por ejemplo ¿Cómo justifico yo no matar? Por empatía, porque te considero igual a mí y no quiero hacerte lo que no me gustaría que me hicieran, que es la regla de oro.
Esa es una máxima que incluso aparece antes del cristianismo y la adoptaron en esa religión después. No esta fundamentada en la divinidad o en la creencia en algún Dios.  
Si mi mujer cree en mí como un ser humano honesto y responsable que jamás haría algo en contra de mi familia y de los seres que amo. Entonces creerá que no necesito de una religión, Dios o creencia para ser una buena persona con buenos valores morales. Si lo entendemos así, podemos vivir sin ese lastre que nos promete castigarnos tan sólo por pensar diferente a otros, con una tortura tan torpe como lo es una vida eterna en un valle lleno de fuego.  
Claro que no es así, no hay vida más allá de nuestra muerte. La única vida eterna que tendremos más allá de esta, será la que impregnemos en nuestros hijos y ellos a su vez en las de los suyos. Así que vida, sólo tenemos esta, vamos a disfrutarla todo lo que podamos. Amén.

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