Cosas extrañas que cree la gente: El Místico Trono.


"En el año que el rey Uzías murió vi yo al Señor sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Y encima de él estaban serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, Santo, Santo, el señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria." (Isaías 6.1-3)

En el trigésimo año, en el cuarto mes, en el quinto día del mes... los cielos fueron abiertos, y tuve visiones de Dios... Y mire, y he aquí un fuerte viento de tormenta soplaba desde el norte, y trajo una nube muy grande y brillante. De la nube salían relámpagos en todas direcciones, y de en medio de la nube salía un fuego que brillaba como metal pulido. Y en medio de ella, la figura de cuatro seres vivientes, y esta era su apariencia: había en ellos semejanza de hombre... cada uno iba de frente hacia adelante; adondequiera que iba el espíritu, iban ellos,  sin volverse cuando andaban. En medio de los seres vivientes había algo que parecía carbones encendidos en llamas, como antorchas que se lanzaban de un lado a otro entre los seres vivientes. El fuego resplandecía, y del fuego salían rayos...
Miré a los seres vivientes, y he aquí, había una rueda en la tierra junto a cada uno de los seres vivientes de cuatro caras. El aspecto de las ruedas y su hechura era como el brillo del crisólito, y las cuatro tenían la misma forma; su aspecto y su hechura eran como si una rueda estuviera dentro de la otra rueda...
Y sobre las cabezas de cada ser viviente aparecía una expansión a manera de cristal maravilloso, extendido encima sobre sus cabezas. Y oí el ruido de sus alas cuando andaban, como el estruendo de muchas aguas, como la voz del Omnipotente, como ruido de muchedumbre, como la voz de un ejército.
(...) Y sobre el firmamento que había sobre sus cabezas, se veía la figura de un trono que parecía de piedra de Zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él. (Ezequiel 1. 1-26)

Estas citas por parte de dos de los profetas más grandes del Antiguo Testamento ilustran la tradición visionaria de contemplar la "gloria y majestad del Señor" en un trono alto y sublime. 
Mirando fríamente estas cuestiones, uno siempre termina preguntándose: 
¿Qué habrán fumado estos varones? Bajo estas condiciones se podría fundar una religión con unos cuantos cuadros de Salvador Dalí.
Si bien esta tradición es encontrada ya en los primeros profetas, como cuando Micaías le dijo al Rey Ahab: 'Yo vi al señor sentado sobre su trono, y todo el ejército del cielo estaba junto a él, a su diestra y a su siniestra' (1 Reyes 22:19). Estas visiones tienen su deuda, sin duda alguna, con las maneras de ver el reinado en el antiguo cercano oriente. Durante la última parte del periodo del Segundo Templo y en el periodo Rabínico (el periodo que le precedió y los siglos siguientes a la destrucción del Templo en el 70 A.C.), estos registros de visiones proféticas sirvieron de base para las maneras visionarias y extáticas de los principios del misticismo Judío. 

El punto de vista de pensadores más racionalistas y no místicos encontraron en estos pasajes un problema básico de la teología y la filosofía religiosa - el del antropomorfismo.
¿Es necesario preguntarse si había un trono en el cielo? ¿Podía ser un Dios puramente espiritual ser visto? ¿No son estas visiones, si son tomadas literalmente, crudas y manifiestas herejías en vez de expresiones de espiritualidad mística?
Muchos pensadores judíos medievales discutieron estas cuestiones y sugirieron algunas soluciones:
Los relatos bíblicos eran figuras alegóricas de discurso; o quizá Dios creaba formas visibles de la gloria con el fin de hacer comprensibles a los ojos mortales el contemplar un mero reflejo del esplendor de la divinidad invisible.
Pero esta más bien parece la típica respuesta del creyente para explicar el sinsentido y las alucinaciones.

En los círculos de los místicos visionarios estos análisis filosóficos jugaban un papel sin importancia.
Fueron los primeros místicos judíos quienes cultivaban una especie de éxtasis místico que enseñaba a sus iniciados diferentes técnicas de alcanzar la experiencia visionaria de la gloria divina y esplendor de la luz: el trono. En la literatura de estos místicos, el trono (Kisse en Hebreo) que es el objeto de la vision extática, es llamado con más frecuencia "carruaje" (merkabah en Hebreo), probablemente bajo la influencia de la gran visión de Ezequiel con su descripción de las ruedas, y ruedas entre las ruedas. 
A esto se le conoce como Merkabah o misticismo del trono, y es distinta de las posteriores formas de misticismo judío, que era mayormente especulativo y cuya práctica de la meditación y contemplación culminaba en la experiencia de la comunión, si no en la unión con Dios.

Los místicos Merkabah parecen haber experimentado ascensiones del alma (espíritu), que no estaban exentas de peligro (el peligro era la posibilidad de volverse definitivamente loco). En círculos rabínicos, solo a los discípulos escogidos se les permitía participar en tales disciplinas místicas, conocidas como ma'aseh merkabah (el trabajo del carruaje). Los 'peligros del alma' que el adepto encontraba durante su ascenso a través de las esferas celestiales son descritas de manera muy 'realista' en textos antiguos.
Para superar estos peligros y atravesar las distintas barreras, el adepto debía usar fórmulas mágicas y 'sellos'. 
Y pues sí, como todo este mumbo-jumbo de la religión, el misticismo Merkabah también tenía su lado mágico: todo un aparato de encantamientos, hechizos y conjuros -que es a lo que se reduce toda doctrina religiosa, desde el Judaísmo hasta el ridículo espectáculo detrás de la Cienciología.

No hace falta entrar en más detalles de como la mente humana busca en esta especie de símbolos, un pretexto a los delirios de grandeza de algunos individuos que siempre han querido estar socialmente 'sobre los demás'. 

La etimología proviene del griego y significa sencillamente "asiento, silla." Y el empoderamiento que otorga ya sea en el lugar central de la mesa del hogar (donde se sienta la madre o el padre que rigen la casa), hasta el trono desde donde los emperadores decidían si una persona vivía o moría, la silla presidencial donde se puede sentar cualquier pendejo en un país telenovelero como el nuestro, hasta ese asiento equitativo que no distingue razas, posición social ni credos y al que todos acudimos y que sí nos libera, pero no nos hace más grande que nadie:
El democrático Toilette (siempre he dicho que en francés todo se oye más bonito).







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