Un sonido hueco, lejano, golpeando las orillas de lo que podía imaginarse. Una voz, tal vez era una voz desconocida que él reconocía como suya y que jamás intento comprender. Vacío. Completamente vacío. Un ser que bien podría materializarse en sombra, más bien, evaporarse, antes que darse cuenta de que estaba allí, observando, consumiendo cada segundo… Cada segundo. Al encender el cerillo comprobó sus temores. La oscuridad es inmensa, el mar inevitable que algún día -¡Inevitable!- debe cruzar. Un grito se le ahogó en el pecho y dejó un eco apenas perceptible de sus sentimientos hacia Gaya. Era mejor llamarla así, darle su distancia, su libertad, aunque ella no la deseara. Pero el pasado es la oscuridad de todos los rostros que a diario vienen hacia él y después se disipan ante sus ojos, o ante el tráfico denso de humo donde también él, se va diluyendo. Gota a gota su sangre por el laberinto. Escuchaba sus pasos inseguros, pasos de muerto encadenados a la vida...