“De pronto, se quiere escribir versos
que arranquen trozos de piel
al que los lea. Se escribe así, rabiosamente,
destrozándose el alma contra el escritorio,
ardiendo de dolor,
raspándose la cara contra los esdrújulos,
asesinando teclas con el puño,
metiéndose pajuelas de cristal entre las uñas. Uno se pone a odiar como una fiera,
entonces,
y alguien pasa y le dice:
“vente a cenar, tigrillo,
la leche está caliente” — Eduardo Lizalde. El tigre en la casa. VI. Este poema me recuerda aquellos años grises y extraños en que caminaba entre las fangosas calles del centro, junto a Alfredo Carrillo (¿Dónde andarás amigo?). Tomando fotografía de lo primero que se le presentaba frente a sus ojos, que tuviera la vida y la poesía que buscábamos por entonces. Recuerdo también aquellas caminatas en los días nublados a casa de Dolores. Por aquellas calles acosadas por altos árboles. El viaje inconcebible y terrible en que nos embarcamos aquella noche del churro viejísimo ...