Sara O'Bannon


¿Cuando ocurrió el primer enterramiento humano? No lo sabemos. Pero hay registros de esta práctica en Neandertales que se remontan hasta 50,000 años A.C. De ahí en adelante aparece en casi todas las culturas: desde la hindú, la majestuosidad de las pirámides egipcias, hasta los refinados ritos modernos que incluyen toda la pomposidad que la religión o creencia local impongan.
¿Porqué sepultamos a nuestros muertos? Quizá tampoco lo sabemos a ciencia cierta. Aunque puedan argumentarse obvias razones de higiene, no creo que haya sido esa la preocupación entre los Neandertales o los primeros Homo sapiens. Dice Higinio Marín en MUERTE MEMORIA Y OLVIDO que "Lo que la muerte rompe es la mutua pertenencia entre el cuerpo y los recuerdos (…) A los vivos les quedan un cuerpo y unos recuerdos que se desvanecen y que requieren de su cuidado, pero sin la expectativa y el poder de volver a juntar lo que se ha separado (…) por eso sepultamos a nuestros muertos, para tener un lugar donde se pueda seguir juntando lo que queda de su cuerpo y de su identidad mediante el cuidado de ese sitio y de esos recuerdos."
La mente humana ha hecho más a partir de ahí, al introducir en algún momento la creencia en que hay algo en el ser humano, en el semejante, que trasciende ese estado de decadencia y olvido. Pero ¿qué es eso en el hombre que trasciende las barreras intangibles de la muerte? Pues la lógica parecía dictar lo obvio, debía ser algo incomprensible e intangible como la muerte misma: Inventamos el concepto del alma  o espíritu inmortal que anima el cuerpo decadente del hombre.
Una vez establecido este concepto de la muerte y ese mundo de sombras que lo reviste, ya no había limite alguno para todo tipo de creencias sobre la oscura patria de los muertos. Nacieron así pues en la conciencia humana, mitos y leyendas que nos persiguen desde tiempos inmemoriales. Hemos creado, a consecuencia de la total ignorancia en cuanto al destino de nuestro ser después de la muerte, todo tipo de creencias, y una de ellas, no la más inverosímil ni la más absurda, es el temor a la no muerte o lo no muerto. Dado que el destino de todo ser vivo es enfrentar en algún momento, su propia e irremediable extinción, algo que no muere es por lo tanto aún más incomprensible que la misma muerte. El hombre invento de sí y para sí mismo, lo sobrenatural.
En la antigüedad los griegos temían sobre ninguna otra cosa, la muerte insepulta. Porque el insepulto es algo inhumano, es corrupción y decaimiento, su ser se esparce y se disuelve, se vuelve una ‘cosa’, una bestia, sin nombre y sin recuerdos, se convierte en nada. Dejar insepulto a un muerto es, dice Sófocles en Antígona «matar de nuevo al que está muerto».
“La sepultura reanuda al muerto -dice Higinio Marín- según su nuevo estado y le da a la muerte de cada uno su lugar. Así se mantenía a salvo también el mundo como el lugar de los vivos, pues los muertos insepultos vagaban como espectros desdichados por la tierra sin la posibilidad de bajar al inframundo, como una anomalía que amenazaba el orden por el que los vivos tenían un lugar y los muertos otro.”
Arropados en estas ideas, sobreviven en la mente y la conciencia del hombre terrores que emanan desde la tumba. Hay algunos que bien pueden quitarnos el sueño durante un tiempo, como los que atormentan al protagonista del cuento de Poe ‘el entierro prematuro’; qué mente no ha concebido semejante horror causado por la negligencia o el desconocimiento humano acerca de males entonces tan extraños como la catalepsia; pero horror al fin que llevará a una muerte segura. El otro lado de un horror como el anterior acerca de la tumba es que lo que se supone que esté bajo tierra, se resista a permanecer en ella.
Las creencias populares a lo largo del mundo y en casi todas las culturas nos han llenado de seres que se resisten a abrazar a la muerte. Quizá el más explotado -y hasta el hartazgo- es el de la figura del vampiro, los fantasmas que rondan siempre en los rincones más abandonados y oscuros, hasta la fascinación moderna por los zombies que vemos en la pantalla cada fin de semana.
La obsesión por lo no muerto ha rebasado los limites de la mente humana. Sería imposible enumerar las infinitas formas que le hemos dado a la muerte para acosarnos en cada aspecto de nuestras vidas.
En algunos momentos de la historia, debido a tales obsesiones acerca de la muerte, se solía construir los ataúdes con orificios en ellos, unidos a seis pies de tubería de cobre y una pequeña campana. 
El tubo de aire permitiría a las víctimas enterradas bajo la errónea impresión de que estaban muertos, respirar y llamar la atención sobre su horrible destino. De dichas prácticas alucinantes nacen historias como esta:

En un pequeño pueblo, Harold, el enterrador local, al oír una noche una de estas campanas, fue a ver si se trataba de niños que jugaban a ser fantasmas. Aunque él sabía que en ocasiones también era el viento quien las movía. Pero aquella vez, no había viento y tampoco niños.
Se acercó a la boca de la tubería y una voz muy apagada, desde abajo, rogó y suplicó ser desenterrada.

“¿Eres Sarah O’Bannon?” -Preguntó Harold.

"¡Sí!” - La voz apagada afirmó.

“¿Naciste el 17 de septiembre 1827?”

“¡Sí!”

“La lápida aquí dice que moriste el 20 de febrero de 1857.“

"No, yo estoy viva, fue un error! Sácame de aquí, libérame!”

“Lo siento mucho, señora”, dijo Harold, pisando la campana para silenciarla mientras tapaba el tubo de cobre con suficiente tierra. “Pero estamos en agosto. No sé qué es lo que sea usted, lo que está allí abajo, pero esté segura de algo, no está viva, no más, y usted no subirá”
 
Como este pequeño relato. La literatura nos enseña la compenetración profunda de la muerte en la conciencia del ser humano. Unida la una a la otra, no puede existir tal sin cual. La encontraremos en la pintura rupestre, hasta los pequeños pero simbólicos sepulcros de la era de piedra. En el poema de Gilgamesh,  los manuales funerarios egipcios, la literatura hebrea, la resurrección del Cristo para los cristianos. En la heroica muerte de Aquiles pintada por Homero, en los filósofos griegos diciéndonos que no debemos sufrir por la muerte, pues todo lo que nace debe morir. La encontramos en cada circulo imaginado por Dante, Acechando con su olor fétido cada página de Shakespeare.
La encontramos entre los españoles, Gongora, el polvo enamorado de Quevedo, en San Juan, Hasta Poe, Baudelaire, Conan Doyle, la novela negra de Montalbán y Agatha Christie; los Hermanos Grimm, la bella durmiente hasta J.K. Rowling con las reliquias y el regreso de Harry Potter de la muerte. 
Tenemos la certeza que la encontraremos en el futuro próximo y distante, quiza cuando estemos en otro planeta, en otro sistema solar o en otra galaxia.  Pero tambien sabemos que alguien, en ese futuro, asi se pierda la memoria colectiva del origen del hombre, sabrá de alguna manera, y le resonará en su cabeza una frase de alguien que desconozca, tal vez de alguien como Rilke: "La muerte vive en nosotros" 
Porque la muerte, indescifrable, al menos hasta donde los humanos entendemos hoy, es para siempre.



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